El Viaje
Apenas durmió, consciente de que ese día se iniciaba una etapa nueva en sus vidas. Había preparado con mimo la maleta de su hijo...
Una maleta en la que apenas había espacio para todos sus besos, los abrazos, las caricias… Para él, el viaje había comenzado tres meses antes, cuando tuvo que regresar a aquella sexta planta de hospital el mismo día que cumplía sus 16 años. Aquella planta en la que los pacientes deambulaban por los pasillos como fantasmas, como almas perdidas. Todos vestidos igual. Todos con sus pijamas celestes. Todos, hombres, mujeres más jóvenes, más ancianos… todos sedados, desprendidos de dignidad, arrastrando los pies y esperando a las seis de la tarde para encontrarse con aquellos rostros queridos. Encontrarse para reír, para llorar, para reprochar su aislamiento, para compartir su desolación o su ira… Y al otro lado de aquellas dos puertas casi blindadas y con doble cerrojo nos encontrábamos cada día a las 17´50 los mismos rostros atribulados de los familiares que acudíamos a la visita. Susurrábamos un buenas tardes y bajábamos la vista. Cada uno sumergido en su dolor, cada uno haciendo un esfuerzo para pintar en su rostro una sonrisa con la que saludar a quién nos esperaba tras aquellas cerraduras.
Aquellos últimos 20 días “del viaje de Ale” los había pasado en Madrid. La estancia se había alargado 10 días más de lo previsto. 10 días que ella aprovechó para dejar de lado el dolor y disfrutar a tope del tiempo con su “pequeño”.
La maleta iba cargada de pijamas y de esperanza. A él sólo le habían dicho que de Madrid irían a Tenerife. Él deseaba finalizar aquel largo viaje y ella no tenía valor para explicarle que, en realidad, el viaje acababa de comenzar.
Mañana, 2 de junio se cumplen dos años de aquel día. Del día en que Alejandro encontró a su otra “familia”. La “Casa Familiar Manolo Torras” de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca nos devolvió la luz cuando todo estaba oscuro. Ellos nos acogieron cuando todas las puertas se cerraron. Jamás me han hecho sentir culpable, jamás me han mirado con lástima, jamás he sentido rechazo. Ellos acogieron a mi hijo. No se limitaron a cuidarlo sino a QUERERLO. Y le quieren tal y como es, sin juzgarlo ni alienarlo. Ayudándolo a crecer como persona capaz. A mí me han devuelto la esperanza. Me siento parte de esa FAMILIA y estoy orgullosa de serlo. Alejandro vuelve a ser un chico feliz. Está aprendiendo a resolver conflictos y a manejar sus frustraciones de un modo adecuado.